La profundidad de la calabaza

En los desesperados días de su extinción como presidente de la República, Felipe Calderón nos ha llevado de la mano a un mundo de oratoria fantasiosa, desmesurada, cuyas intensidades intelectuales resultan sorprendentes, en verdad sorprendentes.
 
Si en el arranque de su mandato nos estremeció con aquella disquisición moralina cuyo remate fue "la oruga imbécil", cosa jamás explicada del todo en la fabulación de su discurso, ahora, con una bota en el estribo, sin nadie siquiera en su partido dispuesto a ofrecerle una despedida afectuosa, cálida o al menos educada, Calderón nos regala con una exhibición de intelectualidad profunda: ya se me está haciendo calabaza el carruaje.
 
Recordemos textualmente:
 
"Ya se me anda convirtiendo en calabaza la carroza, ya algunos de mis colaboradores se están convirtiendo también, no me acuerdo qué le paso a ‘Cenicienta’ con los colaboradores: ¿qué les pasó?, ¿en qué se convirtieron? ¿No se acuerdan?".
 
Si quisiéramos meternos en las honduras de interpretar el sentido subyacente de esas palabras, veríamos cómo en tan poco espacio el Presidente revela nuevamente algunas de sus constantes: la perturbación, la confusión entre el yo y el exterior.
 
Si la analogía comienza con una confesión de su propia desmemoria, ¡cómo entonces en el soliloquio les pregunta a quienes lo escuchan (sin darles obviamente oportunidad de dialogar o responder) y les endilga sus propios olvidos!
 
¿Cómo pasa del no me acuerdo, al no se acuerdan? ¿Si no se acordara cómo lo citaría?
 
Pero quizá lo peor de ese malhadado día (el 24 en Mérida) fue la jactancia en torno de su más célebre expresión, la cual, por propia vanidad, elevó a categoría del clasicismo:
 
"El Presidente cerró la política social de su gobierno con la entrega del piso firme 3 millones. Recordó que en 2006 prometió instalar 2.5 millones de pisos firmes y superó la meta.
 
"La promesa de 2.5 millones, explicó, fue porque el Inegi indicó en aquél entonces que esa era la cifra de casas con pisos de tierra. Pero se equivocó, agregó.
 
"Y mientras eran peras o manzanas, o como diría el clásico: haiga sido como haiga sido, entregamos 3 millones de pisos firmes".
 
Más allá del mérito en esta subdesarrollada hazaña de ponerles cemento a los pobres para transformarlos, como en los cuentos de hadas, en pobres con nueva escenografía, pero idénticas condiciones de miseria (la típica limosna de la caridad eclesiástica), Calderón se goza en recordar sus malas artes.
 
Todos recordamos el contexto de aquella célebre declaración magnificada por sus críticos hasta convertirla en la divisa de su persona y su gobierno. Pero él mismo se califica como un clásico. ¿De qué? Del cinismo.
 
Pero estas divagaciones de don Felipe, a quien ya no escucharemos con la desesperante frecuencia de su sexenio de oratoria con fallas vocales y falsos tonos (el pueblo les llama gallitos) al final de cada frase, nos muestran piadosamente la solución de un problema urbano: si ya no sabemos cómo deshacernos de la estatua de Aliyev, sería prudente llamar a un escultor ducho en la transformación de los bronces y decirle, nada más cámbiale la cabecita.
 
La mampara con el mapa de Azerbaiyán puede ser modificada con los contornos de Michoacán y se le podría llamar la Plaza del Haiga Sido, y de esa manera celebrar en el Paseo de la Reforma la vigencia de la desvergüenza. Y si tomamos en cuenta la cercanía con ese otro monumento a la corrupción y la impunidad, la Estela de Luz, pues tendremos ya el distrito completo de la farsa y el cinismo.
 
Resolveríamos el asunto de los azeríes y de paso lograríamos un espacio educativo y conmemorativo de los más altos momentos de la demagogia panista.
 
Pero como quizá eso no suceda, quedémonos entonces con la sabiduría calderonista para utilizarla como justificación y orgullo de cualquier bien mal habido, de toda actitud indebida pero vigente, de todo logro inmerecido:
 
"Haiga sido como haiga sido".
 
 
 
BICICLETAS
 
La información publicada recientemente en torno del aprovechamiento publicitario y por tanto mercantil de las bicicletas de Marcelo, nos lleva al punto de partida: detrás de toda acción del Gobierno del D. F. se oculta un trinquete.
 
Si usted no está al tanto, le comparto:
 
"Diputados de la Asamblea Legislativa del D. F. (ALDF) pidieron al Gobierno del D. F. transparencia en los contratos o concesiones a la empresa Clear Channel Outdoor México (CCOM), para saber los términos en los que está operando, así como los beneficios económicos que genera, tanto para ella, como para el gobierno de la ciudad.
 
"Excélsior informó que el gobierno capitalino le adjudicó a Clear Channel el contrato de Ecobici, pero esta es una agencia de manejo de publicidad que desde hace más de tres años se ha beneficiado con la autorización privilegiada de espacios para colocar mobiliario con anuncios incluidos en la capital".
 
Así ha sido el cuento chino de la "movilidad" renovada por la modernidad bicicletera de Ebrard. Puro rollo.




El colmo del cinismo
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