La política del disimulo

En los últimos días los habitantes de la sufrida Ciudad de México hemos sido testigos de la escurridiza conducta del todavía —hasta el 5 de diciembre— Jefe de gobierno del Distrito Federal, cuyas actitudes entre la vanguardia y la corrección política le han permitido adquirir el título de mejor alcalde del mundo (como si el mundo atestiguara sus diarios desatinos) y mantener un poder adquisitivo por encima del promedio.
 
Tomado de la mano de la moda en materia de ecología, planes verdes, sustentabilidad urbana, respeto por las minorías y las diferencias y algunas otras cosas positivas y otras no tanto, como la inversión a favor de los vehículos automotores mientras se enarbola la bandera del "bicicletismo equilibrado", Marcelo Ebrard sale del atolladero, cuando la ocasión así lo amerita, mediante la evasión de las responsabilidades y el traslado de las decisiones.
 
Es interesante ver cómo una y otra vez los ciudadanos caen en las trampas del Jefe de gobierno. Cuando toma una decisión y ante ella se encuentra con algún lamento, queja o crítica, de inmediato toma el atajo de una comisión y a ella le traslada el paquete.
 
Lo ha hecho en tiempos cercanos en cuanto al estrangulamiento de avenidas (Reforma y Gandhi, por ejemplo) para crear carriles confinados para ciclistas o para ponerlos en riesgo sacándolos de la circulación de automóviles y poniéndolos por donde pasan los autobuses.
 
Juan Gabriel le preguntaría por la necesidad (¿o la necedad?) de estas cosas, pero de seguro el señor Ebrard nada le respondería, como tampoco nada dice en definitiva sobre el pandillerismo de los asaltantes de la falsa Universidad de la Ciudad de México, cuya naturaleza de campamento de porristas con aula (¿jaula?) se sostiene gracias al disimulo y la tolerancia. La costosa tolerancia de los muchos millones de pesos desperdiciados en esa patochada de la "educación superior" impartida sin ton ni son en el campamento guerrillero educativo de Manuel Pérez.
 
"… Cerrando los ojos la dejé pasar…", le habría dicho el poeta. Y él habría respondido, yo también.
 
Gracias a ese disimulo las cosas van por el camino de la "oaxaqueñización", la "michoacanización": autoridades sin capacidad (o voluntad) para ejercer un mando legal, legítimo y obligatorio.
 
Otro caso, no menos canalla, es el de la estatua sedente de Aliyev cuyo origen no podía ser más grotesco: nos dieron el donativo, nos regalaron dinero y a cambio de eso accedimos a ceder espacios públicos sin atender recomendaciones ni escuchar a nadie. Cayendo el muerto y soltando el llanto, es la mentalidad crematística del señor Ebrard.
 
Gracias a eso les ha soltado a sus amigos y validos concesiones para explotarlo todo en la ciudad, convertida en un enorme espacio de cesiones y concesiones a favor de los socios o los compadres, sin tino ni provecho. Así, lo mismo se han cedido el Zócalo o el Paseo de la Reforma para provecho de galerías de escultores incrustados en la vanguardia cultural, mercaderes de toda clase y gestores de créditos bancarios.
 
Marcelo ha formado una comisión bajo cuya sabiduría (si la hubiera) se va a tomar una decisión con respecto del monigote azerí. Sería tan sencillo simplemente devolverla junto con el dinero y decirles a los innecesarios señores de Azerbaiyán (remoto sitio cuya ubicación el 99 por ciento de los mexicanos desconoce en un mapa, como para hablar de la amistad entre ambos pueblos), lo siento mucho.
 
Pero cuando Marcelo, como en este caso o los de Tláhuac y el News Divine, hace el ridículo, siempre sale a flote. Su capacidad de reconstrucción es infinita. Nadie le va a negar sus habilidades políticas, las cuales lucirían más si no se metiera en estos o aquellos berenjenales por cuya existencia hasta de su talento se duda en ocasiones.
 
El caso de Aliyev ya le va a tocar a Miguel Ángel Mancera, quien tiene tomada su decisión desde hace días, y la aplicará, excepto si la comisión recomienda el retiro del bronce y el mapa de mármol colocado como una mampara a espaldas del tirano antes de su llegada al poder.
 
En este sentido valga una digresión: Ilgar Mukhtarov, embajador de Azerbaiyán en México, se tira al ruedo envalentonado por una premisa famosa en Bakú o en Tepatitlán: quien paga manda. Y como su gobierno pagó "derecho de piso" en Tlaxcoaque y Reforma amenaza al país entero con una ruptura diplomática.
 
No veo cuál sea —más allá del romanticismo de la falsa fraternidad universal— la ventaja de relacionar diplomáticamente a México con ese país.
 
Y ni siquiera una verdadera relación, derivada nada más de la mano tendida de Ebrard para recaudar fondos a cambio de un par de parques en la capital del país, edificados exclusivamente para honrar y cultivar la personalidad de un ex burócrata del espionaje soviético; cleptócrata y desconocido e insignificante para los mexicanos.
 
 
 
EVIDENCIAS
 
Cuando uno ve los desatinos de Gabino Cué en Oaxaca y los de Malova en Sinaloa, confirma los temores de sus alianzas. Gobiernos enchilados y con manteca, sin  definición ideológica, sin postura política, sin certeza ni firmeza, sometidos al vuelo del viento, veletas en manos de sus antiguos aliados, quienes hacen de ellos monigotes sin autoridad, ministros de la explicación tardía, grandes señores del lamento y la disculpa.
 
Y en Oaxaca esos mismos gritaban —sin conseguirlo, además— "¡Ya cayó, Ulises ya cayó!". Ahora se lo pueden gritar a Gabino. Tampoco lo van a conseguir, pero sin derribarlo, lo seguirán trayendo de su monigote, o algo peor.
 
Buenos para nada, diría la Tía Juanita.




Comisionitis de Marcelo Ebrard
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