¡Te odio!

A simple vista es uno más entre la desenfadada concurrencia de jóvenes de clase media cuyos padres cubren la cuota aspiracional de una universidad confesional operada y administrada por la Compañía de Jesús. Es un joven de cabellera desordenada, con actitud retadora en medio de un salón, de quien brazos en alto, cubiertos por las mangas de un flojo jersey marrón sostienen dos pancartas: una blanca y otra verde.
 
El cartón blanco es todo lo contrario a su color. Tiene la negrura de la amenaza sin meditación.
 
Con letras apresuradas él o alguien escribió dos palabras ominosas cuya aparición, especialmente en un ámbito de pretendida pluralidad intelectual y política, nos enfrenta a un rostro temible: TE ODIO.
 
La otra pancarta se refiere a los asesinatos de Atenco. ¿Asesinatos?
 
Más allá de la utilización de aquellos hechos, cuyos excesos policiacos fueron castigados, excepto en los casos de policías federales a quienes el otro gobierno protegió, la aparición del odio como un elemento de protesta política, resulta altamente peligroso en un país inundado por la criminalidad y la propaganda cuyo más censurable extremo es partidizar las causas de la mortandad nacional.
 
La foto es elocuente y misteriosa. Elocuente por su contundencia. Misteriosa por los motivos ocultos para alzarla en medio de tan singular asamblea, en medio de una campaña política ¿Le habrá hecho algo Peña a ese joven cuya protesta se eleva de tan desmesurada manera como para proclamarle públicamente un odio personal; lo conoce, vive en el Estado de México?
 
No lo sé, pero él sí.
 
Por otra parte, es de suponerse en ese joven —ataviado con el uniforme de los jóvenes de hoy, ya sean de la Ibero o del CCH— un conocimiento tal de los hechos de Atenco, como para no entender cómo se puede transformar la indignación política en odio vil contra una persona. Cuando ocurrió lo de Atenco este caballero posiblemente no pensaba tanto en la política como ahora. Quizá en aquellos años apenas llegaría a los tres lustros.
 
Pero aun si la precocidad fuera su característica, antes de confesar e imprimir su odio, este joven debería por lógica saber cómo se comportaron las instituciones en ese asunto, cuál fue la respuesta del gobierno y cuántas recomendaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos fueron cumplidas.
 
Hoy se debate la paternidad del rechazo. Se habla de la ira iberoamericana por la presencia de acarreados del PRI y los contestatarios rechazan cualquier manipulación externa para hacer de ellos marionetas del sabotaje. Ahora los “iberos” anuncian en medio de su indignación manifestaciones callejeras y lamentos tuiteros para defender la honorabilidad de su repudio.
 
Caminarán por las calles y gritarán todo cuanto quieran, defenderán sus puntos de vista, pero lo más seguro es la soledad de quien ha hecho del odio su pancarta biliosa, amarilla y peligrosa. Si él (y la otra joven con una pancarta similar) escribió esas infamantes dos palabras, y las exhibió ufano y orgulloso, como si defendiera un valor supremo, es un enfermo. Si otro se lo dictó y él aceptó ostentarse con el mensaje, es un cretino.
 
Esa sola cartulina anula el valor de la protesta política. Se sale de los límites de la crítica (el antisalinismo; la obsesión por las frases hechas y los pecados no investigados, etc.) y se inscribe en los pantanosos territorios de la indefendible y viscosa visceralidad.
 
 
 
 
CINE
 
Ya se prepara, en el mismo carril de las descalificaciones a-históricas y a-críticas, el estreno de una película sobre Colosio. Mejor dicho, sobre el asesinato de Luis Donaldo.
 
Cualquiera defendería esa obra como un acto de libre expresión. Y tendría razón, pero su estreno (como el de Cristiada) en plena campaña por la Presidencia y dos días antes del segundo debate entre los aspirantes, no hace sino enrarecer el ambiente, de suyo ya medio podrido por la violencia y el odio.
 
Obviamente Colosio. El asesinato es una cinta de propaganda negra como lo fue también en su momento La ley de Herodes.
 
La única pregunta es si el horno está para esos bollos. Por desgracia en México 50 mil personas ya no podrán responder ninguna pregunta relacionada con la exaltación (aparentemente condenatoria) de la violencia política como arma contra los opositores.


Repudio honorable
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